Cuestión de salud, no de peso

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A unos 6 meses de haber parido a mi segunda hija lucía todavía una barriguita que podía llamar a la confusión.

Mi mamá (por supuesto) ya me había dicho que estaba barrigona y que tenía que ponerme a hacer dieta y ejercicios si no quería quedarme así.

Yo, como siempre, pensé que mi mamá exageraba y no le hice mucho caso.

Un día estaba en un restaurante con mi bebé en brazos y la otra en una mano y se me acercaron dos señoras mayores que les hicieron mimos a las niñas, y como colofón, una de ellas me dice: “que niñas más lindas, y qué valiente eres con dos y el tercero en camino”.

La sonrisa se me congeló en el acto, mientras mi mamá me miraba con su cara de “te lo dije”.

Cuantas veces no nos ha pasado que vemos esas barrigas con duda, que no sabemos si preguntar o no. En mi caso, por las moscas, me quedo callada, pero reconozco que ese comentario me tocó una fibra profunda.

Inmediatamente empecé con mis justificaciones:  ja, claro, es fácil decirlo cuando no tienes que atender a dos pequeñas, trabajar, encargarte de la casa, de tu madre de visita y de tu marido, que también reclama.

No hay cuerpo que resista,  y la verdad es que nos adormilamos en nuestras justificaciones y seguimos con la barriguita por delante que estoy segura que a nadie le hace feliz.

Como toda buena carne sale con hueso, como decía mi abuelita, la maternidad también tiene sus huesos, uno de ellos es ese cambio inevitable del cuerpo y a veces esas libritas que no terminamos de desaparecer.

Pero también está la nostalgia con la que miramos lo que fuimos en el pasado, cuando nos poníamos esas ropa tan sentadora, esos tacones, mientras que y hoy nos compramos ropa no para lucir, sino para esconder.

Nadie me podrá negar que no siente cierta nostalgia de su pasado, lo que no significa que una no sea feliz o que la maternidad sea un problema, es solo que a veces miras hacia atrás y ves a la mujer y no a la madre.

Lo peor es que en mi caso siempre me tomé el asunto a la ligera, con esporádicas fiebres de ejercicios que se acababan cuando el cansancio me pasaba la factura.

Así he estado varios años hasta que la cosa pasó de la raya de la coquetería a un tema de salud.

Hace un par de años mi doctora me dijo que esa barriguita no era broma, que significaba ya colesterol y triglicéridos.

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Corriendo me apunté a un gimnasio, pero el camino a una alimentación sana (que ya les contaré en otros posts) ha tomado más tiempo.

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Hoy, puedo decir con certeza que no se trata de una cuestión de peso, sino de salud, pero ese camino también es personal y cada una lo debe andar a su manera.

También puedo afirmar que aspiro a verme y sentirme mejor, para mirar por el espejo retrovisor de mi tren de vida y no sentir nostalgia, sino alegría para seguir adelante con el camino.

 

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